En ocasiones el cine tiene la extraña cualidad de arrojar luz allí donde las sombras siempre ocultaron la grandeza de hechos históricos olvidados, manifestaciones culturales imprescindibles, o personajes inmortales de vidas apasionadas. La materia de la que está confeccionada la fama y la gloria es tan escurridiza como la propia voluntad de aquellos que la sustentan. Y una película puede erigirse como ese leve soplo que contribuye a forjar el mito que durante su presente permaneció en el más absoluto silencio.

La pintora y pensadora mexicana Frida Khalo tuvo que asistir postrada en su cama a la primera exposición que su país brindaba a una obra conocida en el resto del mundo, en 1953, a tan sólo un año de su muerte. Ni la enfermedad adherida a su existencia, ni el desánimo ante un final prematuro y, de algun modo, liberador tras años de obstinado sufrimiento, pudo contener el deseo irredento de la pintora de ver sus lienzos en los muros de la Galería de Arte Contemporáneo de Ciudad de México, entre los suyos, agasajada por última vez como un acto de justicia final para una de las creadoras más importante de un país en el que la violencia parecía ahogar su floreciente cultura.

El nombre de Frida Khalo ha estado relacionado durante mucho tiempo con el exotismo de su figura artística. Los coloridos vestidos de influencias prehispánicas que portaba con cierto orgullo de raza, su talante público extrovertido y espontáneo, su reconocible rostro ajeno a los estándares de la belleza femenina, su agitada vida social o incluso el surrealismo estridente de sus cuadros, propiciaron que su verdadera naturaleza, su nutrido mundo interior de pesares y pasiones quedara oculto, inexplorado para el gran público, como si todo su ingenio y lucidez fueran sólo la paleta impresionista de una artísta mucho más profunda y trascendente a la que era necesario observar desde la distancia justa para apreciar la angustia y el frenesí de su pincelada.

En 2002, el empeño de la actriz mexicana Salma Hayek logró volver a poner en boga el nombre de Frida a partir de una película realizada en Hollywood y con una amplia distribución internacional, que pretendía ahondar en los aspectos fundamentales de la accidentada existencia de la pintora a modo de fresco vital apresurado; el prematuro contacto con la enfermedad, su talento pictórico primitivo, el trágico accidente que con 18 años la postró durante largo tiempo en una silla de ruedas, el tormentoso romance vivido con el afamado muralista Diego Rivera, el aborto de su hijo, su floreciente carrera como pintora o el agravamiento de sus dolencias en sus últimos años de vida.

La película bucea en la existencia dual de Frida, en esa perpetua confrontación entre la tristeza a la que era abocada sin remisión y la felicidad que hallaba en su pertinaz ánimo de soñadora empedernida. La vida le golpeaba una y otra vez, pero la alegría brotaba con insólita obstinación entre los parajes más aciagos de su destino. Incluso el amor fiel profesado a su alma gemela, a Diego, le devolvía el amargo sabor de la traición, en una relación de luces y sombras, de infidelidades y devociones, de un cariño natural y espontáneo aglutinado por el arte y el talento que los unió. Y qué mejor forma de expresarlo que a través de la arquitectura, de ese estudio de trabajo compartido en el barrio de San Ángel compuesto por dos edificios diseñados por Juan O’Gorman y comunicados por una pasarela que significaba mucho más que su mera funcionalidad.

Hoy día la Ciudad de México se siente orgullosa de su emblemática artista. La Casa Azul, allí donde Frida pasó buena parte de su vida y más tarde convertida en museo a modo de tributo al pueblo mexicano, luce con el mismo esplendor que encandilara a tantos artistas y pensadores que gozaron de la compañía de sus inquilinos, desde André Breton hasta León Trotsky. Sus hermosos jardines se encuentran salpicados por la extensa colección de figuras de arte prehispánico que el matrimonio coleccionó en vida, así como las frases que ambos se dedicaron inspirados por un amor pasional y un cariño eterno. Frida parece estar viva en cada uno de sus cuadros, en los tristes autorretratos que ofrendó a su remendado cuerpo.

La película de Julie Taymor se inscribe en el encorsetado género biográfico al cual debe su propio argumento, aunque salpicado por las pinceladas de fantasía a las que el espíritu de la pintora incita o por la hermosa banda sonora (incluída la participación de Chavela Vargas) que acompaña a los desgarrados episodios de su vida. Salma Hayek realiza un trabajo excelente que secunda un correcto Alfred Molina en virtud a un parecido físico evidente con Diego Rivera, así como una larga serie de secundarios de renombre; Geoffrey Rush, Antonio Banderas, Ashley Judd o Mia Maestro; hasta componer una estimulante crónica vital de un personaje capital en la historia del arte universal.

En cada rincón de Coyoacán, el barrio donde nació y murió, todavía resuenan los bellos versos que Frida consagró a su maltrecho aunque recio espíritu; “Pies para qué los quiero si tengo alas pa’ volar”.