Soberbia actuación de Colin Firth escoltado por un genial Geofrey Rush y una irreconocible Helena Bonham Carter. Una película sublime, llena de matices, situaciones límite llenas de tensión pero a la vez de ternura y complicidad.

En esta historia se desmonta la parafernalia que envuelve a la realeza a base de ternura, amistad y comprensión. El mismísimo segundo hijo rey de Inglaterra se ve afectado por un problema en el habla y se ve obligado a pedir ayuda un logopeda, que con métodos poco ortodoxos tratará de solucionar con éxito el problema de su alteza real. A base de consultas y tratamientos, poco a poco irán consiguiendo su propósito, abrir el corazón y la cabeza del rey. No es solo cuestión física si no psíquica. Falta de confianza en sí mismo. Siempre a la sombra de su padre, el rey. Una persona dura, agria, autoritaria. Y en segundo plano tras su hermano el príncipe de Gales. Mujeriego, irresponsable y carente de compromiso hacia su país, pero futuro rey. Con menos carácter que su hermano, intimidado y anulado expresa sus complejos tartamudeando, resultándole así imposible dar un discurso en público. Un problema que le impedirá cumplir sus obligaciones como miembro de la casa real. Este problema se acentuará tras la muerte de su padre , la abdicación de su hermano mayor, incapaz de asumir las obligaciones de la corona y el estallido de la 2ª Guerra Mundial. Incapaz de dar un pequeño discurso en una simple inauguración se verá obligado a afrontar el reto de su vida, hablar en directo para todo el país a través de las ondas. Una llamada a la calma y la confianza ante la difícil situación que acechaba a Inglaterra tras la declaración de guerra a Alemania, que con ayuda de su logopeda y amigo sacará adelante con brillantez y valentía.