El sufrimiento humano como cotidianeidad. Ningún cineasta ha logrado tanta fidelidad en la recreación de microcosmos dramáticos familiares como el británico Mike Leigh. Su ingenio en la construcción de diálogos aparentemente intrascendentes teñidos de una vaga melancolía y concebidos a partir de un hiperrealismo sin tapujos, posibilita que el espectador se interne en los vórtices subterraneos del sentir humano apenas sin percatarse de la profundidad a la que accede a través de una sosegada narración únicamente alterada por instantes de auténtica intensidad dramática.

Un estilo inconfundible que ha labrado pacientemente a lo largo de su dilatada carrera tras las cámaras, alcanzando cotas de inusitada brillantez en obras como la laureada Secretos y Mentiras, un desgarrador fresco acerca de las complejas relaciones en el seno de una familia un tanto disfuncional que se desarrolla con un ritmo parsimonioso hasta confluir en el clímax final, cuando todas aquellas verdades ocultas por los años y el miedo se desatan como una súbita tormenta de repercusiones imprevisibles. Y es que los personajes del cine de Leigh parecen estar perpetuamente condenados a vivir a sólo un vacilante paso del abismo, en la frontera que divide la pertinencia de una vida relativamente feliz, y la existencia fútil de aquel cuya soledad apenas le permite divisar el camino.

Una soledad que arroja al individuo a un patetismo que se extiende como una abrumadora mancha con los años, acrecentando el temor a permanecer excluído del resto y fortaleciendo un sentimiento de compasión ajena que finalmente se difumina con el tiempo. Mary, el personaje sobre el cual gira la trama principal de una historia dividida por las cuatro estaciones de un mismo año en un evidente ejercicio simbólico del inmovilismo al que se ve abocada la existencia humana (es, como sugiere el título, tan sólo un año más en una larga y fallida consecución de días y meses), debe afrontar una grave crisis de identidad apoyándose en la amistad de un matrimonio maduro que le provee de la complicidad necesaria para desvelar el profundo vacío emocional que ella misma ha intentado enmascarar con valores ya caducos.

Y es que la juventud que un día atesoró, y con ella la belleza y la impetuosidad del espíritu, desaparecieron dejando tan sólo el rastro de las oportunidades perdidas y la pesadumbre por la soledad. Ahora, se percata de la fragilidad del tiempo, de la necesidad de tener alguien a su lado por el simple placer de conversar, del desarraigo de aquella a quien nadie pertenece. No obstante, el engaño no cesa; por ello Mary se encapricha de un hombre mucho más jóven que ella en un desesperado intento de enmendar los érrores que cometió sin apenas calibrar sus posibilidades y las consecuencias que su imprudente fantasía puede acarrear en su maltrecha autoestima así como en el círculo íntimo donde busca cobijo.

El espectador asiste en un puñado de escenas colmadas de significado al proceso de autodestrucción de Mary, canalizado narrativamente por la plácida convivencia del matrimonio, el cual ejerce a modo de anfitrión de los acontecimientos acaecidos en la trama. Ellos soportan el peso discursivo de la película y dotan de coherencia a los cuatro cuadros descriptivos del conjunto, enlazados por una sutil sensación de reiteración en lo que concierne al personaje de Mary. A su alrededor, hay muerte y vida, amor y tristeza, se presencia una evolución palpable en el resto de personajes, sin embargo, al final, su situación parece ser la del punto de partida.

Apoyado por una fotografía de una belleza insuperable focalizada en los bucólicos parajes agrestes de los alrededores de Londres, Mike Leigh imparte una valiosa lección de elegancia cinematográfica plagada de planos sostenidos, fundidos a negro y diálogos de una fluidez al alcance de muy pocos autores. Por si fuera poco, la interpretación de Lesley Manville (también en otras películas del director como Todo o nada) logra proveer una autenticidad mayor aún al desarrollo de la historia, convenientemente complementada por la genialidad de Jim Broadbent, la placidez de Ruth Seen o la anecdótica intervención de la gran Imelda Staunton. El resultado es una película conmovedora que se instala con vehemencia tanto en la mente como en el espíritu valiéndose únicamente de la palabra y del noble arte del que hacen gala sus actores.