[Crítica] Celda 211

No puedo evitarlo. Cuando todo el mundo se pone de acuerdo y desfila en una dirección, yo suelo salir corriendo en la dirección opuesta. Hay algo que me hace desconfiar de las aclamaciones unánimes. O tal vez sea el prurito de nadar contra corriente, el dárselas de no haber pasado por el aro. No sé. Cuando se estrenó Celda 211 estuvo de acuerdo hasta el gato en que era un peliculón. Vale, tal vez no tanto, pero sí que era una película que a todo el mundo gustaba y recomendaba. Sin embargo para mí tenía muchas papeletas en contra. Primero, es una película española. Ya, prejucios. Pero cada uno tiene los prejuicios que quiere, ¿no? que para eso son irracionales. Podríamos entrar, si quieren, en el origen de este rechazo, pero baste con que les diga que estoy un poco harto de que la gente de la farándula me sermonee y…

me diga lo que tengo que pensar. Y yo eso de las imposiciones lo llevo fatal. Segundo, es de temática carcelaria, y en su momento no me apetecía nada ponerme a ver algo así, y más siendo española, que ya me veo venir todos los lugares comunes. ¿Les he dicho ya que tengo prejuicios? Y tercero, que parecía ser de visionado obligatorio. ¿Les había dicho también que lo de tener obligaciones se me da muy mal? Lo único que tenía a su favor era el director, Daniel Monzón. Un tipo la mar de simpático que, a pesar de no haber no hecho nunca una película que me gustase especialmente, y en concreto algún horror como El Corazón del Guerrero, no se puede dudar de que es un realizador valiente y sin complejos. Y cuando era crítico de cine en el programa de radio de Julia Otero en Onda Cero años ha, me parecía bastante sensato. Cuando se anunció que Celda 211 estaba incluida en la terna que optaba, tras pasar todos los filtros, a representar a España en los premios Oscar, inconsecuente que es uno, no pude evitar meter la nariz. Oigan, yo asumo mis contradicciones.

Y bueno, ahora me encantaría decir «Pues me la envaino». De veras que sí. Pero no. Al menos no del todo. No es que sea un chasco de los gordos, ni tampoco es que me hubiera creado grandes expectativas, es que más bien me da todo igual. La historia está bien contada, con su elemento de tensión que va creciendo y todo eso, pero a mí no me interesa tanto y tiene un tufillo a estereotipo que no me deja entrar. Los presos serán buenos delinquiendo, pero actuar no es lo suyo. Los actores comilfó son más falsos que una muela de plastilina, y los diálogos no pueden sonar más impostados. Antonio Resines desempeña su papel con oficio, estaría bueno a estas alturas, pero como todo el mundo sabe, es la interpretación de Luis Tosar en el rol de Malamadre, el malote carismático, la que sustenta toda la película. Es el único que está creíble. Se le nota que ha conocido de cerca al menos a tantos macarras como yo. Y créanme, conozco unos cuantos igualitos a Malamadre. Hasta hablan con la misma voz. Aunque todo ese rollo de líder mesiánico que le impregna no lo veo claro. Los flashbacks en los que muestran la relación del chico bueno que se hace pasar por malo, Alberto Ammann, con su mujer, me traen al pairo; el politiqueo de plastiquillo, más aún; lo mal que se portan los policías y los antidisturbios, me da lo mismo, y los problemas de los presos, que en en fondo son hombretones con corazoncito y fondo noble, me resbalan. Ahí va mi catálogo de «peros»: Lo único que salva a Celda 211 es la actuación de Tosar y la bien llevada evolución del personaje de Ammann, pero al final la película hasta se me hace larga y pasada de rosca. Es un ejercicio de estilo a la americana entretenidillo y eso, pero exagerado de narices. Quiere ir de drama, pero a mí no me conmueve. En fin, finalmente se ha llevado el gato al agua También la Lluvia, una película todavía inédita de Icíar Bollaín . Si le llegan a dar el Oscar a Celda 211 no sé qué hubiera podido decir. Que los premios de la Academia son un pufo, que yo soy un culo de mal asiento, o que cuando escribí esto me había dado el día cínico. A saber.