Conan el Bárbaro (1982), de John Milius

Mi expectación creció inversamente proporcional a mi decepción según el metraje de la película iba avanzando. Mis ojos de plato por la excitación dieron paso a unos ojos aún más abiertos ante la incredulidad de lo que estaba viendo. Me pasé la proyección refunfuñando, dando inútiles explicaciones a los que estaban a mi lado intentando que llegaran a comprender la grandeza del material con el que habían trabajado los realizadores de la película y el destrozo que habían causado. Salí del cine traumatizado, marcado con unas heridas que tardarían en cicatrizar muchos años. Oh, amables lectores, queridos todos, no son ustedes capaces de entender el dolor de mi alma torturada si no se han encontrado jamás en esa situación angustiosa. Hace un par de años, en vista de la ardiente defensa que de la película hacían algunos de mis allegados, reuní valor y haciendo de tripas corazón me senté de nuevo a verla. Esta vez el estupor dejó paso a la hilaridad. Conan el Bárbaro es una película muy divertida. Inintencionadamente divertida. Las «actuaciones» son antológicas, y los diálogos, descacharrantes. Al cabo de un rato uno no puede soportar tanta diversión y cae en un sopor del que sólo sale cuando alguna secuencia le hace preguntarse si de verdad está viendo lo que está viendo o sólo es parte del delirio del duermevela. Mis amados lectores, se darán cuenta ustedes de la alta estima en que les tengo al comprobar el tremendo esfuerzo que me ha costado volver a ver por tercera vez este montón de basura sólo para deleitarles escribiendo esto.

Y es que parece que se toman al personaje como un superhéroe en taparrabos. Necesita de un «origen». Si a Spiderman le pica una araña radiactiva y luego asesinan a su tío, si Superman escapa en una cápsula espacial del exterminio de su planeta, si a Hulk lo bombardean los rayos Gamma, Conan necesita su propia historia de búsqueda y venganza como si fuera un Batman cualquiera. Con lo fácil que hubiera sido contar la historia de Conan nacido en el campo de batalla y luego mostrarlo saliendo a ver mundo como se explica en tantas historias suyas. A partir de ahí se suceden los despropósitos. Unos tipos con pinta de vikingos asoman en la aldea de Conan y sin saber por qué, masacran a todos como corderitos. El niño Conan es encadenado a una rueda de molino en mitad de la nada y se pasa veinte años dándole vueltas a la ruedecita vaya usted a saber para qué. En consecuencia, Conan desarrolla el físico de un culturista. Hay que ver lo cachotas que pone machacar el suelo. Y lo mánsamente que la empuja durante años y años. Todo muy creíble. Eso sí, el narrador se sacude las moscas de encima con un «nunca se sabrá». Vale, problema resuelto, eso es un guionista con oficio. Todos estos primeros compases se dan de bofetadas con el espíritu original de los relatos de Conan. Los cimmerios, su tribu, son los más fieros que existen, y Conan jamás se hubiera pasado esclavizado todos esos años. Menos aún hubiera aguantado con esa cara de bobo que no entiende nada, todo lo que viene después. Pero aunque no se sepa nada de esto, la resolución y explicación de todo el montaje es muy insatisfactoria y bastante estúpida.
El director del engendro, John Milius, encima parece tener ínfulas artísticas y se recrea en secuencias contemplativas leeeeeeeeentas. El robo de la joya en la torre me hace bostezar, y la muerte de la madre de Conan ya presagia lo mortalmente aburrida que va a ser el resto de la película. La larga secuencia que lleva a la famosa crucifixion de Conan, de lo poco que remite a las historias originales, es un peñazo. Está basada en un pasaje del relato Nacerá una Bruja. Pero donde lo escrito por Howard resulta en un momemto épico que lleva a escenas magníficas, como la foma en que Conan se enfrenta a su liberación, ahora queda como una secuencia algo tontorrona desprovista de su magia primigenia. La forma de solventar todas estas carencias es echando mano a la banda sonora. Siempre se ha hablado de lo magnífica que es la música de Basil Poledouris para esta película. Supongo que se refieren a los primeros compases, cuando todavía no se sabe de qué va la historia, porque una vez que empieza a correr el celuloide, es tan malo que uno ya no puede ni darse cuenta de lo que suena de fondo. Consciente de que el film necesita algo más, y gracias también a la ayuda del pésimo Oliver Stone al guión, se sacan de la manga dos innecesarios sidekicks, Subotai y el Mago, el contrapunto del comic relief, el alivio cómico que para esta película es totalmente inapropiado. Aunque para el personaje del Mago echan mano a Los Espejos de Tuzun Thune, una historia de Kull, otro personaje de Howard, lo despojan de todo dramatismo. En Conan el Bárbaro hay demasiado humor, una solución tan impostada que le sienta peor que a Nadiuska empuñar una espada.
Y es que el Conan fílmico está más cerca del personaje hecho a retales que se inventó L. Sprague De Camp, que del de su escritor original. El infame De Camp era un tipo con cierta experiencia en la literatura fantástica, que consiguió los derechos del personaje de Conan y se dedicó a reescribir las novelas originales, hacer otras nuevas y tomar otros relatos de Howard y recomponerlos para que pasaran por historias de Conan. Un desastre que desvirtuó al personaje y lo convirtió en una caricatura de sí mismo tan sólo para poder exprimir al máximo la vaca. Poco hay en la película del magnético personaje inventado por Robert E. Howard y mucho del anodino políticamente correcto que redefinió De Camp y que definitivamente dio al traste con sus adaptaciones al comic. La película presenta un batiburrillo de referencias. El villano, Thulsa Doom, sale también de las historias de Kull, pero ni siquiera recuerda a cómo era allí. Al contrario, este Thulsa Doom es muy diferente y bastante más aburrido. Para cualquier conocedor, el mosqueo será máximo cuando encuentre que lo primero reconocible de los relatos de Conan sea precisamente la secuencia de la cueva y la espada. Porque no pertenece a Howard, sino a De Camp. A partir de ahí comienza el mezclote de cosas en una menestra sin sentido. Aparecen partes del relato La Torre del Elefante (el robo de la joya), personajes y momentos inspirados en La Reina de la Costa Negra (el retorno de la muerte de la enamorada de Conan), de Clavos Rojos (el nombre y la apariencia del personaje de Valeria, pero sacado de contexto y sin reflejar su personalidad), La Hora del Dragón (la forma en que se cuelan en la orgía de los seguidores de Thulsa Doom). Supongo que esas pequeñas referencias son lo que Milius y Stone interpretaron como respeto a la obra original. Pero, claro, eso es algo que al público desconocedor de las fuentes no le importa.

Dicen que el único actor solvente de todo el reparto es James Earl Jones como Thulsa Doom. Eso se basa en que Jones es el único actor de verdad que hay en toda la película, pero su trabajo tampoco es para tirar cohetes. Sólo hace caritas y tanto como seductor de masas como poderoso guerrero da bastante grima. Sandahl Bergman, previamente una bailarina, es quien desarrolla el mejor personaje y la mejor interpretación. No está creíble como guerrera, pero sabe moverse y resulta la mejor actriz. O la menos mala. A Milius parece bastarle con que sea rubia, como la Valeria original, aunque no se comporte como ella, sino como Belit, otro personaje de Howard, y aparezca en un contexto en el que no estaban ninguna de las dos. Además, en muchos aspectos su personaje trae a la mente a Sonja la Roja en su versión tebeística. Con todo, Valeria es la más solvente y la que más respeta su origen, aunque sea un origen muy mezclado. De todos modos, la pobre Bergman ya no volvió a hacer nada más. En definitiva, con ese reparto y esas actuaciones, con esos pésimos diálogos, con esas frases pretendidamente solemnes que suenan absurdas, está todo tan fuera de lugar que, puestos a echarme unas risas, prefiero hacerlo con El Señor de las Bestias de Mark Singer, o Ator el Poderoso de Miles O’Keefe. Hasta El Círculo de Hierro de David Carradine tenía más encanto. El engendro de Los Hermanos Bárbaros sólo estaba un paso más allá del Conan de Milius.

Es desconcertante que para una producción con un presupuesto elevado tenga todo un aspecto tan cutre y barato. Las ciudades están faltas de todo esplendor, huelen a cartón piedra y parecen más bien el portal de Belén con los pastores. A mi juicio, la estética a lo Genghis Khan no le va muy bien a la película, pero se ve que el director era un fan a tenor de la desgraciada frasecita de «lo mejor de la vida», que tampoco pega nada con Conan. La aparición de Valeria tras la muerte, como hace originalmente Belit, queda pobretona. La gran batalla final no es tal y el remate que quiere ser filosófico es anticlimático. Todo digno de ese gran productor que es Dino de Laurentiis, (ir)responsable de esa otra gran ciscada cinematográfica que es Flash Gordon, de la que, una vez más, sólo se salva la banda sonora de Queen. Pero rescatar una película por su música es como apreciar un vino por la botella en que se presenta. Al contrario de lo que hicieron en El Planeta de los Simios, película en la cual, a pesar de no reconocerse por ir cubiertos con el maquillaje, se contrató a un elenco de grandes actores, De Laurentiis optó por emplear a un reparto de inexpertos desconocidos poblado por culturistas y surferos, y así le lució el pelo.

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