Crítica Conan el Bárbaro

En 1982 yo ya llevaba la mitad de mi vida leyendo y coleccionando comics de Conan. Había crecido con el personaje y con las diferentes ediciones que se habían hecho de él. Me había desvirgado metafóricamente con las diminutas ediciones etiquetadas como «relatos gráficos para adultos» que publicaba la editorial Vértice. Aquellas versiones remontadas y redibujadas que hicieron todo lo posible por destrozar la magia original de los dibujos. Había seguido el paso al formato revista y sobrevivido al cambio de Barry (entonces sólo) Smith por John Buscema. Había recorrido las calles de mi ciudad de kiosko en kiosko anhelando encontrar la espectacular portada del siguiente ejemplar de Relatos Salvajes. Conocía al dedillo cada historia, cada guión. Hasta había investigado lo suficiente como para saber que el origen de Conan estaba en una serie de cuentos que un escritor texano llamado Robert E. Howard había publicado en la primera mitad de los años 30 en un magazine llamado Weird Tales. Cuando se estrenó la película Conan el Bárbaro yo me consideraba todo un experto en el tema. Alguien con unas ganas irresistibles de verla y con el empuje suficiente para arrastrar a todos mis amigos al cine. Sí, amables lectores, yo entonces tenía amigos.

Mi expectación creció inversamente proporcional a mi decepción según el metraje de la película iba avanzando. Mis ojos de plato por la excitación dieron paso a unos ojos aún más abiertos ante la incredulidad de lo que estaba viendo. Me pasé la proyección refunfuñando, dando inútiles explicaciones a los que estaban a mi lado intentando que llegaran a comprender la grandeza del material con el que habían trabajado los realizadores de la película y el destrozo que habían causado. Salí del cine traumatizado, marcado con unas heridas que tardarían en cicatrizar muchos años. Oh, amables lectores, queridos todos, no son ustedes capaces de entender el dolor de mi alma torturada si no se han encontrado jamás en esa situación angustiosa. Hace un par de años, en vista de la ardiente defensa que de la película hacían algunos de mis allegados, reuní valor y haciendo de tripas corazón me senté de nuevo a verla. Esta vez el estupor dejó paso a la hilaridad. Conan el Bárbaro es una película muy divertida. Inintencionadamente divertida. Las «actuaciones» son antológicas, y los diálogos, descacharrantes. Al cabo de un rato uno no puede soportar tanta diversión y cae en un sopor del que sólo sale cuando alguna secuencia le hace preguntarse si de verdad está viendo lo que está viendo o sólo es parte del delirio del duermevela. Mis amados lectores, se darán cuenta ustedes de la alta estima en que les tengo al comprobar el tremendo esfuerzo que me ha costado volver a ver por tercera vez este montón de basura sólo para deleitarles escribiendo esto.

Entre los aficionados a Conan hay dos facciones: Aquellos a los que les gusta la adaptación cinematográfica, seguramente debido a su frikismo y su mitomanía, y aquellos, indudablemente mucho más sensatos, que no la soportan. Para el público general, para el descerebrado de gimnasio que no se pierde ninguna de Arnold ni de Van Damme, para aquella audiencia para la que el comic de John Buscema, no digamos ya el de Barry Smith, es algo lejano, para la masa que no tiene ni idea de quién es Robert E. Howard, Conan el Bárbaro es, sencillamente, un peliculón. No pueden darse cuenta de que ya en el prólogo de la película comienzan las meteduras de pata. La voz en off de un narrador desgrana un galimatías pretendidamente solemne en el que habla de «los soles de Aries», «Akrilonia» (´más tarde citada también como «Acuelon», «harkiniano», «Shaun»… Todo suena muy misterioso. Más misterioso aún para el que sepa algo de que va la cosa porque lo que realmente quiere decir es «los hijos de Aryas (the sons of Aryas)», «Aquilonia», «hyrkanio», «Shem»… Vaya, que el traductor sabía lo que se hacía. Si con eso fuera poco, y ya no hace falta conocer el universo de Conan para esto, la primera secuencia se resuelve con una ridícula trasparencia que canta por todos los costados mientras el padre de Conan le habla al joven bárbaro de una chorradita cuasifilosófica, el secreto del acero, un invento que suena bastante tonto, para darle fondo a la cosa.

Y es que parece que se toman al personaje como un superhéroe en taparrabos. Necesita de un «origen». Si a Spiderman le pica una araña radiactiva y luego asesinan a su tío, si Superman escapa en una cápsula espacial del exterminio de su planeta, si a Hulk lo bombardean los rayos Gamma, Conan necesita su propia historia de búsqueda y venganza como si fuera un Batman cualquiera. Con lo fácil que hubiera sido contar la historia de Conan nacido en el campo de batalla y luego mostrarlo saliendo a ver mundo como se explica en tantas historias suyas. A partir de ahí se suceden los despropósitos. Unos tipos con pinta de vikingos asoman en la aldea de Conan y sin saber por qué, masacran a todos como corderitos. El niño Conan es encadenado a una rueda de molino en mitad de la nada y se pasa veinte años dándole vueltas a la ruedecita vaya usted a saber para qué. En consecuencia, Conan desarrolla el físico de un culturista. Hay que ver lo cachotas que pone machacar el suelo. Y lo mánsamente que la empuja durante años y años. Todo muy creíble. Eso sí, el narrador se sacude las moscas de encima con un «nunca se sabrá». Vale, problema resuelto, eso es un guionista con oficio. Todos estos primeros compases se dan de bofetadas con el espíritu original de los relatos de Conan. Los cimmerios, su tribu, son los más fieros que existen, y Conan jamás se hubiera pasado esclavizado todos esos años. Menos aún hubiera aguantado con esa cara de bobo que no entiende nada, todo lo que viene después. Pero aunque no se sepa nada de esto, la resolución y explicación de todo el montaje es muy insatisfactoria y bastante estúpida.

El director del engendro, John Milius, encima parece tener ínfulas artísticas y se recrea en secuencias contemplativas leeeeeeeeentas. El robo de la joya en la torre me hace bostezar, y la muerte de la madre de Conan ya presagia lo mortalmente aburrida que va a ser el resto de la película. La larga secuencia que lleva a la famosa crucifixion de Conan, de lo poco que remite a las historias originales, es un peñazo. Está basada en un pasaje del relato Nacerá una Bruja. Pero donde lo escrito por Howard resulta en un momemto épico que lleva a escenas magníficas, como la foma en que Conan se enfrenta a su liberación, ahora queda como una secuencia algo tontorrona desprovista de su magia primigenia. La forma de solventar todas estas carencias es echando mano a la banda sonora. Siempre se ha hablado de lo magnífica que es la música de Basil Poledouris para esta película. Supongo que se refieren a los primeros compases, cuando todavía no se sabe de qué va la historia, porque una vez que empieza a correr el celuloide, es tan malo que uno ya no puede ni darse cuenta de lo que suena de fondo. Consciente de que el film necesita algo más, y gracias también a la ayuda del pésimo Oliver Stone al guión, se sacan de la manga dos innecesarios sidekicks, Subotai y el Mago, el contrapunto del comic relief, el alivio cómico que para esta película es totalmente inapropiado. Aunque para el personaje del Mago echan mano a Los Espejos de Tuzun Thune, una historia de Kull, otro personaje de Howard, lo despojan de todo dramatismo. En Conan el Bárbaro hay demasiado humor, una solución tan impostada que le sienta peor que a Nadiuska empuñar una espada.

Y es que el Conan fílmico está más cerca del personaje hecho a retales que se inventó L. Sprague De Camp, que del de su escritor original. El infame De Camp era un tipo con cierta experiencia en la literatura fantástica, que consiguió los derechos del personaje de Conan y se dedicó a reescribir las novelas originales, hacer otras nuevas y tomar otros relatos de Howard y recomponerlos para que pasaran por historias de Conan. Un desastre que desvirtuó al personaje y lo convirtió en una caricatura de sí mismo tan sólo para poder exprimir al máximo la vaca. Poco hay en la película del magnético personaje inventado por Robert E. Howard y mucho del anodino políticamente correcto que redefinió De Camp y que definitivamente dio al traste con sus adaptaciones al comic. La película presenta un batiburrillo de referencias. El villano, Thulsa Doom, sale también de las historias de Kull, pero ni siquiera recuerda a cómo era allí. Al contrario, este Thulsa Doom es muy diferente y bastante más aburrido. Para cualquier conocedor, el mosqueo será máximo cuando encuentre que lo primero reconocible de los relatos de Conan sea precisamente la secuencia de la cueva y la espada. Porque no pertenece a Howard, sino a De Camp. A partir de ahí comienza el mezclote de cosas en una menestra sin sentido. Aparecen partes del relato La Torre del Elefante (el robo de la joya), personajes y momentos inspirados en La Reina de la Costa Negra (el retorno de la muerte de la enamorada de Conan), de Clavos Rojos (el nombre y la apariencia del personaje de Valeria, pero sacado de contexto y sin reflejar su personalidad), La Hora del Dragón (la forma en que se cuelan en la orgía de los seguidores de Thulsa Doom). Supongo que esas pequeñas referencias son lo que Milius y Stone interpretaron como respeto a la obra original. Pero, claro, eso es algo que al público desconocedor de las fuentes no le importa.

Lo que sí puede apreciar el espectador lego es la penosa actuación de todos los intervinientes en el reparto. Las interpretaciones de todos los secundarios son de teatrillo de aficionados. Casi se puede escuchar al director diciéndoles: «Ahora os mirais entre vosostros con desconcierto». Y ellos lo hacen con la gesticulación envarada digna de los momentos sin sexo de una película porno ochentera. Han cogido a un puñado de culturistas para hacer de chicos malos y les han colocado armaduras de opereta y pelucones de hombres de las cavernas de peli de risa. En consecuencia, claro, las expresiones de sus rostros son un poema. Cada vez que salen los dos tipos que hacen de guardaespaldas de Thulsa Doom y los veo «actuar» no puedo evitar reirme a carcajadas. ¿Eso es malo, doctor? En especial el tipo del martillo, Erik Holmey quien está impagable en el papel de Thorgrim. Pero para risas, cada vez que Schwarzenegger dice «Crom«. Su eterna cara de bobalicón que no entiende nada de lo que está pasando, su sumisión y servilismo, traicionan el espíritu independiente e indomable que salió de la máquina de escribir de Howard. Su cara de niño pillado haciendo una travesura cuando lo llevan ante el rey interpretado por Max Von Sydow es la de un brutote que maneja espadas de fantasía como si fuera un samurai. Es tan pésimo actuando que estropea todos los planos con la expresión de su rostro. Claro que con ese guión pocas posibilidades tenía. La misión que le encargan de rescatar a una princesa es otra vez más propia de De Camp que de Howard. La secuencia en que lo seduce una hechicera, aunque está tomada de Gusanos de la Tierra de Bran Mak Morn, otro personaje howardiano, su diálogo, la forma en que ella gatea insinuante, los sustos que se pega Conan, son tan ridículos que se me va la risa floja. Conan nunca se entera de nada hasta que no lo tiene encima, es totalmente diferente a su original, y queda como un patán ante el espectador. Hasta lo someten a la humillación de ahogarse borracho hundiendo su cara en un plato de sopa. Algo más propio de Porky’s que del héroe bárbaro. No hay nada más triste que una película que suscita la risa inintencionadamente.

Dicen que el único actor solvente de todo el reparto es James Earl Jones como Thulsa Doom. Eso se basa en que Jones es el único actor de verdad que hay en toda la película, pero su trabajo tampoco es para tirar cohetes. Sólo hace caritas y tanto como seductor de masas como poderoso guerrero da bastante grima. Sandahl Bergman, previamente una bailarina, es quien desarrolla el mejor personaje y la mejor interpretación. No está creíble como guerrera, pero sabe moverse y resulta la mejor actriz. O la menos mala. A Milius parece bastarle con que sea rubia, como la Valeria original, aunque no se comporte como ella, sino como Belit, otro personaje de Howard, y aparezca en un contexto en el que no estaban ninguna de las dos. Además, en muchos aspectos su personaje trae a la mente a Sonja la Roja en su versión tebeística. Con todo, Valeria es la más solvente y la que más respeta su origen, aunque sea un origen muy mezclado. De todos modos, la pobre Bergman ya no volvió a hacer nada más. En definitiva, con ese reparto y esas actuaciones, con esos pésimos diálogos, con esas frases pretendidamente solemnes que suenan absurdas, está todo tan fuera de lugar que, puestos a echarme unas risas, prefiero hacerlo con El Señor de las Bestias de Mark Singer, o Ator el Poderoso de Miles O’Keefe. Hasta El Círculo de Hierro de David Carradine tenía más encanto. El engendro de Los Hermanos Bárbaros sólo estaba un paso más allá del Conan de Milius.

Todo el preludio es absurdo e irritante para el que conozca al personaje. Pero para el público neófito, también las inconsistencias se suceden. El culto hippioso de Thulsa Doom hace aguas por todas partes. Cuando liberan a Conan de su esclavitud, una vez más sucede sin que sepamos por qué. Lo visten de mono de feria, lo pasean, lo exhiben y le dan órdenes. Y el héroe machote sigue obedeciendo como un perrito. No sólo no hay quien se lo trague, es que sigue siendo ridículo. Conan aparece como un bruto sin sesos y aspecto alelado que no comprende nada. Nos enseñan cómo lo convierten en una máquina de matar, introducen gansadas innecesarias como el aprendizaje de las artes marciales y el abofeteo del profesor, algo que choca frontalmente con el personaje, que no le encaja, que no tiene nada que ver con él y que le resta grandeza. Encierran a Conan en una jaula como si fuera un gorila al que llevan una hembra para que se aparee. Más tarde le dan rienda suelta de nuevo sin motivo y él se marcha como un perrillo a buscar a los chicos malos que, oh sorpresa, no han envejecido nada en esos veinte años. Conan no parece nada heróico, no hay nada del hombre inteligente, sofisticado y con recursos. Es un bruto idiotizado y sin cerebro que va corriendo a todas partes. Las reacciones rápidas, su análisis y comprensión de las cosas que caracterizan al personaje howardiano quedan aquí eliminadas. ¿Conan el Bárbaro? No. Conan el Cafre.

Es desconcertante que para una producción con un presupuesto elevado tenga todo un aspecto tan cutre y barato. Las ciudades están faltas de todo esplendor, huelen a cartón piedra y parecen más bien el portal de Belén con los pastores. A mi juicio, la estética a lo Genghis Khan no le va muy bien a la película, pero se ve que el director era un fan a tenor de la desgraciada frasecita de «lo mejor de la vida», que tampoco pega nada con Conan. La aparición de Valeria tras la muerte, como hace originalmente Belit, queda pobretona. La gran batalla final no es tal y el remate que quiere ser filosófico es anticlimático. Todo digno de ese gran productor que es Dino de Laurentiis, (ir)responsable de esa otra gran ciscada cinematográfica que es Flash Gordon, de la que, una vez más, sólo se salva la banda sonora de Queen. Pero rescatar una película por su música es como apreciar un vino por la botella en que se presenta. Al contrario de lo que hicieron en El Planeta de los Simios, película en la cual, a pesar de no reconocerse por ir cubiertos con el maquillaje, se contrató a un elenco de grandes actores, De Laurentiis optó por emplear a un reparto de inexpertos desconocidos poblado por culturistas y surferos, y así le lució el pelo.

Lo único bueno de esta penosa película es el fotograma final. Con su estética y su promesa humedece los apetitos. Luego uno se lo piensa mejor y se alegra de que no se llevase a cabo. Menudo destrozo podría haber sido. Otro bagage de ilusión por las cañerías mientras uno se revuelve incómodo en la silla. Para eterna tortura de mi mente tuve el valor de ir a ver la segunda parte, Conan el Destructor. No les digo nada sobre ella, bastante han hecho con aguantar toda esta diatriba hasta aquí. Sólo sepan que cuando hicieron un remedo de tercera parte protagonizada por Brigitte Nielsen en el papel de Red Sonja, pero sin utilizar los nombres de Conan ni Sonja por problemas de derechos, me flaquearon las rodillas y no me atreví a pasar otra vez por el trance. Ahora, por todos ustedes, he vuelto a ver Conan el Bárbaro. Más de dos horas de aburrimiento que se me han hecho largas de narices y me han granjeado un buen número de bostezos. Palabrita del Niño Jesús que no exagero lo más mínimo. Vale, igual no es tan mala, igual si se hubiera llamado Krotar el Bestia hubiera sido sólo otra película tontorrona más. Pero a mí me gusta tan poco que me hace incluso albergar esperanzas sobre la nueva versión que se está filmando. Aunque, bien pensado, ya se sabe que toda situación es susceptible de empeorar, ¿verdad?. Y no me digan que no he sido bueno, no he dicho nada de Jorge Sanz… Lo que hace la mala vida.