Tras casi 40 años de exitosa carrera cinematográfica hoy día nadie puede dudar de la admirable capacidad de Steven Spielberg para narrar historias sencillas que apelan directamente a los sentimientos del espectador. Puede que sea una habilidad natural, o quizás una práctica perfeccionada con el tiempo, pero el hecho es que Spielberg siempre halla la forma de emocionar y entretener a partir de una preciada fórmula fílmica en la que la propia historia, el carácter entrañable de sus protagonistas o cierto espíritu juvenil de aventura desempeñan un rol trascendental. Podríamos concluir que ese es precisamente el signo distintivo de un director que, con sus 66 años, continúa inmerso en un proceso creativo que no ha sabido desprenderse de sus orígenes, sujeto a una perpetua reinvención que nos remite a un ingenio vivaz y a una mente visionaria de evidentes tintes fantásticos.

Con esta apresurada descripción conjetural de la naturaleza como director de Spielberg, nos resulta más sencillo introducir su última película, Caballo de Batalla, adapatación de una novela infantil homónima del escritor británico Michael Morpurgo y trasladada posteriormente al teatro, que trata la estrecha amistad entablada entre un joven campesino inglés y su caballo. La historia basa parte de su encanto en la sencillez emocional que la inspira, un elemento que no ha de obviarse a la hora de enjuiciar una película que, más allá de aspiraciones academicistas, se centra en la tarea, por otro lado compleja, de trasladar ese poderoso vínculo afectivo entre Albert Narracot y Joey.

Muchos argumentarán que la película de Spielberg está excesivamente edulcorada y resulta inverosímil, y en cierto modo no carecen de cierta razón, sin embargo lo que el director norteamericano nos propone es una suerte de contrato de credibilidad a partir del cual nos narra una hermosa historia de amistad susceptible de vencer al tiempo, las fronteras o incluso a la guerra. El espectador advierte cómo los destinos del muchacho y el caballo se entrelazan de forma prodigiosa, desde que el padre del primero, un granjero alcohólico traumatizado por la guerra en Sudáfrica (Peter Mullan exhibiendo una vez más su poderosa y veraz presencia en pantalla), decide disputar al caballo al cacique de la region en una subasta entre orgullos heridos, hasta su reencuentro en las trincheras francesas de la Gran Guerra tras transitar en paralelo por los caminos inescrutables de la vida.

Entre medias, la acción se focaliza en las aventuras y desventuras de Joey, tejidas en una sucesión de historias y personajes secundarios con la guerra como telón de fondo. Este modo de narración fragmentada imprime una pertinente agilidad a la trama, la cual adolece de una duración quizás excesiva, y enriquece al mismo tiempo una historia repleta de matices y magistralmente hilvanada tanto por el guión de Richard Curtis (amplio conocedor de estos recursos narrativos como director de Love Actually) y Lee Hall (quien firmó el libreto de la excelente Billy Elliot), como por la elegante realización de Spielberg tras las cámaras, convenientemente respaldado por una factura técnica impecable en la que sobresale la fotografía de Janusz Kaminski y la banda sonora del inigualable John Williams.

Lo cierto es que la película, aunque su temática pueda remitirnos a la típica historia norteamericana de amistad y superación asombrosa de obstáculos, detenta un marcado estilo británico indispensable para que los ambientes y personajes resulten verosímiles. De hecho, la mayor parte de los actores son ingleses (tal y como se demuestra en su destacado acento, por lo que resulta fundamental ver la película en versión original), desde el joven Jeremy Irvine, hasta un largo etcétera de grandes intérpteres como Emily Watson, el citado Peter Mullan, David Thewlis o Benedit Cumberbatch (el flamante Sherlock Holmes televisivo de la BBC).

Caballo de Batalla es una película entrañable que trata de la amistad como un vínculo emocional demasiado poderoso como para atender a razones lógicas. Albert halla en Joey, su caballo, la paz y la compresión que nunca tuvo en un padre ausente, al igual que Elliot la encontró en E.T el extraterreste. Sólo así puede entenderse la carga emocional de la historia, y sólo así se puede empatizar con ella obviando la verosimilitud de los hechos narrados. Spielberg es, en este sentido, un realizador superdotado y ello se plasma en una trama entretenida y de tintes épicos para todos los públicos.