Los géneros cinematográficos se encuentran en una dinámica de cambio constante, y eso es una buena noticia para todos aquellos que creen que en la originalidad y la capacidad creativa de los artistas se halla la clave para su propia supervivencia. Incluso géneros que gozaron de su particular época dorada en el pasado siglo han podido adaptarse de la mejor forma posible a los nuevos formatos y sensibilidades del público moderno. Así, el western parece renacer al calor (y el ingenio) de una generación de creadores que han encontrado su medio idóneo en la televisión para concebir series como la pionera Deadwood (HBO) o Hell on Wheels, recientemente estrenada por la cadena AMC.

No obstante, esta transformación activa de las fronteras del género van mucho más allá del traslado hacia diferentes soportes. Décadas atrás nadie hubiese podido concebir un western dirigido por un realizador español, con producción mixta, ambientado en Bolivia en las primeras décadas del siglo XX y con un reparto internacional. Pero los tiempos cambian y hoy día podemos disfrutar de una película con estas características aunque con el mismo espíritu inalterado que le dio carta de naturaleza al propio género.

El director Mateo Gil ha logrado en Blackthorn componer una rendida oda de admiración hacia el western norteamericano tradicional alterando algunas de sus señas distintivas pero manteniéndose fiel a los principios morales que distinguían al mismo. Eran películas protagonizadas por personajes rudos con una ineludible misión en la vida principalmente relacionada con venganzas insatisfechas, golpes arriesgados contra la autoridad, culpas en busca de redención o aventuras para impartir justicia en parajes inhóspitos y casi deshabitados donde el hombre se enfrentaba sin remisión a la naturaleza más inclemente.

La película de Gil bebe directamente de estos principios para tejer un hilo argumental que sigue los pasos del mítico forajido Buch Cassidy (recreado también en Dos hombres y un destino por Paul Newman) en los últimos años de su vida (para aquellos que no creen que murió antes) en el desapacible altiplano boliviano, donde de forma fortuita se topa con un ingeniero de minas español perseguido para ser asesinado que le promete una importante suma de dinero a cambio de su protección. La estructura de la historia es puramente clásica aunque no exenta de originalidades que añaden un valor incontestable al film, además de un ritmo sostenido que mantiene la atención del espectador a pesar de los consustanciales planos generales de los vastos paisajes del lugar propios del western (conseguidos de forma magistral por Juan Ruiz Anchía).

Sin embargo, la película carecería de cierto interés sin la presencia abrumadora de Sam Shepard como un curtido Cassidy, que incluso habla un correcto español. Shepard construye un personaje similar al de Jeff Bridges en la reciente Valor de Ley, de los hermanos Coen, distinguido por un carácter irascible aunque entrañable en el fondo, de maneras toscas y con un rígido sentido de la justicia que llega a contrastar con la atmósfera opresiva y violenta que representa el viejo Oeste. Dando la réplica a Shepard, un excelente y atormentado Stephen Rea (un año muy estimulante para su carrera tras su participación en la fantástica serie británica The Shadow Line) aporta credibilidad a un personaje que arrastra como una losa el inexorable paso del tiempo. Entre ambos, Eduardo Noriega lucha por no salir demasiado mal parado ante una cámara que lo rehúye, mientras que un elenco de secundarios de inestimable calidad encabezado por la peruana Magaly Soilier completan un casting bien conseguido.

Blackthorn supone una agradable sorpresa dentro del cine español, una aventura de un director con gran talento (aunque no demasiado fértil tras las cámaras) dentro de un género tan lejano en el tiempo como en el espacio al que, no obstante, rinde un digno tributo sustentado en una fascinación cinéfila apenas disimulada. Esperemos que los Goya no se olviden de una de las mejores películas españolas del año, valiente, contundente, brillantemente interpretada, de una calidad técnica asombrosa y con un cierto punto nostálgico que nos devuelve un cine que nunca se ha terminado de marchar.