[Crítica] Anonymous

Hipótesis. Esta palabra de mediática trascendencia parece ser la savia con la que el director Roland Emmerich ha alimentado la mayor parte de su producción cinematográfica. De esta manera, una posibilidad medianamente calculada ha dado para más de un título en la carrera de este taquillero creador, germano de nacimiento y estadounidense de adopción. Cuando se preguntó qué ocurriría si los alienígenas se transmutaran en hordas nazis y dominaran la Tierra, el resultado fue Independence Day. Ante la cuestión de qué es previsible que suceda con la vida en el planeta azul si no se detiene el cambio climático, lo que surgió fue bautizado como El día de mañana. Frente a una nueva tesis darwiniana sobre si los antecedentes de los hombres y las mujeres hubieran sido modelos de portada de revista convenientemente maqueados en plan salvaje -en vez de seres de mentón prominente y parecido a los grandes simios-, lo que nació fue una obra nominada 10.000 B.C. Por eso, no es de extrañar que esta teoría de cuestionamiento constante haya pergeñado el guion de su última producción en formato de celuloide.

¿Quién se puede considerar el verdadero autor de la dramaturgia atribuida a William Shakespeare? Este es el trascendental interrogante que sustenta en principio el argumento de Anonymous: un problema de creación en la era isabelina que ya llevan planteándose los estudiosos desde hace algunos siglos, y que el responsable de 2012 actualiza a su manera, aunque sujeto a las llamadas Teorías de Oxford.

En concreto, el supuesto narrativo que se constituye en pilar del trabajo del escritor cinematográfico John Orloff va por la senda de identificar en la persona de Edwrad de Vere (decimoséptimo conde de Oxford) como el cerebro pensante que elaboró Romeo y Julieta, Macbeth, Hamlet y hasta El sueño de una noche de verano.

Para corroborar su apuesta fílmica, Emmerich echa mano del misterio y la ironía desde la primera escena; en la que un soberbio Dereck Jacobi, en traje de calle de la época presente, declama una introducción que recuerda a la que interpretó hace algunas décadas en Enrique V, de Kenneth Branagh (la elección de uno de los representantes shakespereanos por antonomasia no es baladí para comenzar el metraje de la cinta). A partir del físico de la estrella de Yo, Claudio; el largometraje salta a la Edad Moderna (entre la centuria dieciséis y diecisiete) para desmenuzar las hazañas y existencia del protagonista, un noble poeta al que le estaba negado firmar sus versos y sus libretos teatrales.

Sin embargo, don Roland pronto cambia de tercio; tras comprobar la escasa entidad que le aporta la simple dramaturgia, para diseñar un vehículo lo suficientemente deslumbrante como para mantener al espectador pegado a la butaca durante la totalidad de la duración de su producto. Con esta misión de experto catalizador de audiencias más que notables, el realizador embarca la película en otros campos de atracción; relacionados sobre todo con la existencia de De Vere, y con sus oscuros antecedentes familiares.

Semejante variación en el punto de interés descrito por la trama convierte a Shakespeare y a sus escenificaciones en The Globe en aspectos tangenciales de la acción (a los que la historia regresa en cuanto pierde fuelle o ve dificultada la manera de escapar de la aparente seriedad de tesis más arriegadas); concentrando el núcleo de Anonymous en revelaciones sorprendentes que tocan de lleno a la misma reina Isabel I. En este apartado, Emmerich niega que la monarca fuera virgen de facto, sino que la señora mantuvo numerosos escarceos de cama con varios miembros de su corte. Y en esas tesituras, el filmador convierte a De Vere en una especie de Robert Dudley; es decir, un amante de importancia más que significativa en el arco sentimental de la descendiente de Enrique VIII y Ana Bolena.

Pero no queda ahí el asunto. El teutónico se adentra en laberintos de suelo más que resbaladizo, al incluir un incesto en toda regla; que perpetra con la declaración de que el conde de Oxford era en realidad el vástago bastardo de la regia Elizabeth (insinuación que se complica considerablemente frente al nacimiento del querubín no reconocido de ambos, que acaba siendo el Conde de Southampton).

Una buena recreación del periodo isabelino y actuaciones convincentes aportan cierta verosimilitud a tan rocambolesco guion; cuya premisa general, en vez el de la poco estimulante autoría real del legado del bardo de Stratford-Upon-Avon, debería haber sido la del affaire -al estilo de Edipo- entre una madre poderosa y su atractivo hijo (aunque ambos no supieran que poseían una consanguineidad tan directa).

Si desea conocer el desenlace de tan sabrosa obra: le espera el cine más cercano a su casa. Eso sí, usted podrá gozar plenamente de la condición de anonymous en el recuento de la taquilla.

Autor: kevinjesus20