Han transcurrido 25 años desde su flamante estreno internacional y parece que fue ayer cuando nuestros avezados ojos de niño anhelantes de fantasía quedaron por primera vez encandilados por la apasionante aventura de Simba, un pequeño león desterrado de su reino tras la trágica muerte de su padre y el malévolo plan urdido por su tío Scar (las resonancias de Hamlet son evidentes). Y es que El Rey León es probablemente la película de animación tradicional de Disney más universal de cuantas han salido de la legendaria factoría, en virtud a una larga serie de ingredientes que la hacen única y deleitable en todos los sentidos; una historia de fondo dramático aunque atravesada por una comicidad amable y ocurrente, una banda sonora sensacional compuesta por el que quizás sea el repertorio de canciones más completo de Disney; personajes inolvidables y entrañables; e incluso toda una filosofía vital elaborada en torno al mítico proverbio del Hakuna Matata.

Ante esta milagrosa conjunción de ritmo, color, drama, música y risas envuelta por la mágica belleza plástica de la sabana africana y sus particulares pobladores, la respuesta natural e inevitable es rendirse al espectáculo, sumergirse en un universo poblado por animales a los que se humaniza a partir de marcados estereotipos enraizados en nuestra propia cultura; previsibles y sin matices, es cierto, pero entrañables al fin y al cabo, profundamente evocadores de esa lucha entre el bien y el mal de la cual hacer derivar los valores de bondad, amistad, honor o responsabilidad que todos aprendimos (o deberíamos haber hecho) desde nuestra más tierna infancia.

La historia es narrada con agilidad y sencillez, sin permitir apenas un respiro entre los momentos dramáticos y los números musicales que se despliegan en la pantalla con total armonía. Y es que, a pesar de la honda carga dramática de la película evidenciada por la trágica muerte de Mufasa (tan sólo comparable a la traumática pérdida de Bambi), El Rey León posee la admirable capacidad de suscitar cierta sensación alegría, de hacer que el espectador se sienta bien, que pase un rato trepidante inmerso en ese viaje de ida y vuelta que acomete Simba desde que es desterrado de su propio reino. Ese valor añadido corresponde en parte a la aparación de la inefable pareja compuesta por Timón y Pumba, quizás unos de los personajes más divertidos de la tradición Disney que además nos ofrecen toda una visión hedonista de la vida que actualiza el mismísimo carpe diem romano. El Hakuna Matata es la realización absoluta de la alegría de vivir, un canto a la despreocupación, una auténtica oda al placer como principio rector de nuestra existencia.

De igual modo, no debemos olvidar el ritmo frenético al que nos someten los fantásticos números musicales que jalonan la trama; desde esa majestuosa obertura (y también epílogo) del ciclo de la vida, hasta la visualmente espectacular ‘Yo Voy a ser el rey león’, pasando por ese contrapunto oscuro protagonizado por Scar entre las legiones de hienas, o la emotiva Can you feel the love tonight? (ganadora del Oscar). Las canciones compuestas por Elton John y supervisada por el gran Hans Zimmer pertenencen ya a la herencia cultural de una generación que ha crecido con ellas, que las ha interiorizado como parte de su propia infancia y que es incapaz de escucharlas sin tararear de memoria sus estribillos.

El Rey León supuso en el momento de su estreno la prolongación del estado de gracia de Disney iniciado en 1989 (tras la aciaga década anterior) con La Sirenita y continuado por La Bella y la Bestia y Aladdin. No obstante, el éxito de la película (sobre la cual se primó, en un principio, Pocahontas) sobrepasó cualquier expectativa y legitimó la osadía de sus creadores al trasladar a la pantalla una historia original ambientada en el continente africano y protagonizada exclusivamente por animales (un aspecto poco explotado hasta entonces). La taquilla la auspició al parnaso de las más vistas de la historia y los premios se acumularon en las estanterías de Rob Minkoff y Roger Allers (incluido el Globo de Oro a la Mejor Película Musical). No obstante, más allá de triunfos coyunturales, el gran logro de El Rey León es el de permanecer en nuestros corazones con una huella imborrable, ajena al tiempo. Ahora cumple 25 años, y la necesidad de prolongar su magia en las nuevas generaciones es imprescindible. Y es que números musicales como este, bien valen nuestro recuerdo y nuestra admiración.