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DÍA 9. Krafla – Myvatn – Godafoss

Muy cerca del famoso lago Myvatn se encuentra la zona del Krafla, un cráter inundado hoy por un gran lago interior pero que en su día provocó una enorme explosión que dio lugar al paisaje que ahora se contempla. Kilómetros atrás, desde la carretera, se aprecian las columnas de humo, ya que es una región de gran actividad geotérmica. A quinientos metros hay otro parking desde el que se accede a un increíble recorrido a través de campos de lava, géyseres y fumarolas, un espléndido paseo que se debe hacer sin prisa, relajadamente y apreciando todo el entorno, ya que literalmente caminas por encima de la lava y entre ella; en ocasiones echas la vista atrás desde un alto y te da la impresión de estar llegando a Mordor y que detrás de aquella piedra debe haber unas docenas de orcos agazapados esperando emboscarte. Por supuesto y a pesar de la negrura del paisaje no faltan las ovejas salpicando de blanco el oscuro suelo.

Por la carretera 1 en seguida te encuentras con el desvío a Namafjall, y desde luego que vale la pena detenerse. Una docena de charcas de barro en ebullición y las mayores chimeneas que vimos en todo el viaje. Con tantos elementos unidos el olor a huevos podridos es tan intenso que algunos turistas se cubren boca y nariz con un pañuelo y más de un niño no aguanta más y escapa despavorido sujetándose el estómago. Lo cierto es que no es para tanto, se soporta bastante bien y el espectáculo bien merece un poco de sacrificio olfativo. Es posible subir a una colina cercana y apreciar el conjunto desde arriba, una de las más famosas postales de Islandia, como una visión de Marte, con algunos graditos más.


Vamos ya hacia Myvatn, que según la guía tiene cuatro puntos de interés. El primero son las cuevas Grjotagja, unas pequeñas cavidades por las que discurre un río subterráneo, curiosas y de visita rápida. La segunda parada es Hverfell, un enorme cono con cráter gigantesco y otro pequeño cono dentro del cráter. La subida es bastante dura, y cuando estamos arriba decidiendo si el mosaico de grafittis hechos con piedra nos gusta o nos parece un sacrilegio una enorme nube negra cumple sus amenazas y descarga sin compasión. El cráter se puede rodear, pero es bastante largo y dada la tormenta que arremetía decidimos llegar solo hasta la parte más alta. Incluso con la capucha calada hasta las cejas se te cuela el agua, que parece proceder de los lados, así que una vez arriba contemplamos un momentito el lago (preciosa vista a pesar del aguacero) y vuelta al coche a escurrirnos un poco. Fue cosa de un rato, y cuando llegamos a Kalfastrond ya había despejado. Un paseito de una hora a través de curiosas formaciones rocosas y completar el almuerzo que el diluvio había interrumpido. Y después de tantas paradas por la zona colindante por fin llegamos al propiamente dicho lago Myvatn, el lago de los mosquitos.

Hasta el momento no habían aparecido, tal vez retenidos por la lluvia, pero el sol ya estaba luciendo y espesas nubes de miles de coleópteros zumbaban por todas partes. Lo cierto es que apenas se desplazan, solo ocupan un tramo del camino por el que hay que pasar o dar la vuelta y no te queda otra que atravesar agazapado y cubrirte de puntitos negros alados. Aparte de lo susceptible que se pueda ser con los bichos, la verdad es que son muy pequeños y no pican, pero resultan bastante incómodos, por lo que después de observar el lago desde varios puntos del camino decidimos que ya estaba bien de zumbidos y partimos hacia Godafoss, muy cerca de nuestro cobijo escolar para esa noche.

Llegamos a la cascada sin grandes expectativas, ya que tiene más historia que otra cosa, pero el lugar donde se arrojaron los dioses paganos resultó ser una preciosidad, lo cual tiene mérito después de haber pasado por el top ten de las cascadas islandesas. Nos fuimos a dormir, en el aula vacía de un colegio habilitado en verano para los turistas. Un par de colchones al suelo y dentro de los sacos en aquella clase de primaria exclusiva para nosotros. 2.500 kr cada uno desayuno incluido.

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