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DÍA 2. Thingvellir – Seljalandfoss – Thorsmork

Entusiasmados por todo lo visto el primer día, salimos de Laugarvatn dirección Thingvellir, una de las zonas más turísticas y queridas del país puesto que es un símbolo de la independencia islandesa. Thingvellir significa “llanura de la asamblea” y era el lugar donde una vez al año y desde el 930, se reunían los jefes islandeses para discutir los problemas del país. Durante un par de semanas la zona se llenaba de visitantes, campamentos, tiendas… Una bandera islandesa marca el lugar desde el que el portavoz de la asamblea leía las leyes al resto del pueblo.

El hecho no sería más que una curiosidad sino fuera porque el lugar elegido es la falla que separa la placa americana de la euroasiática. ¡Y se puede caminar por dentro! El “pueblo” de Thingvellir se sitúa junto a la placa americana pero hay caminos marcados que llevan hasta la europea unos 3 km más allá. Entre medias, el lago Thingvallavatn, ya de por sí el más grande de Islandia, crece 1,5 cm cada año al ir separándose las placas. Desde luego merece la pena caminar por el interior de una falla rodeado de enormes paredones.

Después de comer disfrutando de otro día soleado, empezó la búsqueda de alojamiento. Una granja en el pueblo de Hvolsvollur parecía la mejor opción y además teníamos muchas ganas de ver cómo funcionaba la red de alojamientos rurales islandeses. De camino al pueblo, una señal con el símbolo de lugar de interés y varios autobuses aparcados nos hicieron desviarnos a investigar. Un consejo, cada vez que veas una de estas señales ¡DESVÍATE! Nos encontramos con el volcán Herid y su cráter inundado que los islandeses usan para cría de peces. El paseo de 15 minutos justo por el borde del cono es una gozada.

Una vez instalados en nuestra granja (en una habitación de lo más lujoso, con edredones nórdicos) continuamos hacia Seljalandsfoss para aprovechar las horas de luz. Cada día de tu viaje a Islandia verás cascadas y cada una te parecerá mejor que la anterior porque todas tienen algo especial. Seljalandsfoss, a sólo 400m de la Ring Road, permite caminar por detrás de su cortina de agua. Eso sí, acércate con chubasquero o acabarás empapado.

Empezaba el largo atardecer islandés y no teníamos la menor gana de irnos a dormir así que pusimos rumbo a Thorsmork por una carretera sólo apta para 4×4. El Parque Nacional de Thorsmork es famoso por ser principio y final de algunas de las rutas a pie más populares del país. Si te gusta el senderismo y tienes tiempo, no puede haber mejor manera de pasar algunos días de marcha. Landmannalaugar-Thorsmork (4 días) y Thorsmork-Skogar (2 días) son las mejores. Lamentablemente, no podemos hablar de lo bonito que es Thorsmork porque fuimos vencidos por el camino. Es muy emocionante avanzar por caminos difíciles y cruzar ríos hasta que… ¡te quedas encallado en uno! Después unos minutos intentando avanzar hacia cualquier parte, conseguimos salir marcha atrás, pero el mal rato no nos lo quitó nadie. Justo en ese momento apareció un enorme autobús (con ruedas aún más enormes) y cruzó sin problemas nuestro río. Envalentonados, seguimos sus huellas y topamos poco más allá con otro río en el que… ¡volvimos a quedar encallados! La suerte hizo que la marcha atrás volviera a funcionar tras varios intentos, pero el susto nos hizo desistir y dejamos descansar al 4×4 mientras explorábamos la zona andando. El camino es una maravilla con sus cascadas, ríos y lenguas glaciares, imagina cómo será Thorsmork.

Con ganas de olvidarnos de los ríos y siguiendo las indicaciones que nos dieron en un aeródromo, nos dirigimos al faro que se asoma a las islas Vestmannaeyjar o “islas de los hombres del oeste”, llamadas así porque estuvieron pobladas por esclavos ingleses (hombres del oeste para los vikingos) que habían escapado de sus captores islandeses. Descartamos cruzar hasta las islas (hay ferrys desde varios puntos) pero seguro que merecen una visita aunque sólo sea por ver lo que queda de una de las erupciones más recientes del país, la de 1973, que obligó a evacuar las islas. Además, la isla más a la derecha, Surtsey, emergió del mar en otra gran erupción en los años 60 y todavía hoy sólo se permite el paso a científicos.

Nuestra idea era llegar hasta la costa para ver mejor las islas, pero una vez más y por tercera vez en la tarde, ¡encallamos! Esta vez, la arena fue la culpable. Descubrir que tu coche no tiene tracción a las 4 ruedas cuando la arena llega ya hasta las puertas, es como mínimo… incómodo. Ni cavar ni apuntalar las ruedas con maderos estaba funcionando cuando por el camino apareció un 4×4 (de los de verdad) conducido por la gente del aeródromo que venía en nuestro rescate. La amabilidad de la gente no dejó de sorprendernos en todo el viaje; preocupados por si llegábamos bien, se habían quedado observándonos y no se pensaron un momento el venir a ayudarnos. Un par de tirones y nuestro coche (que ya no nos parecía tan estupendo) quedó libre.

Una lata de fabada nos consoló de nuestras penas del día y nos fuimos a la cama con mucho más respeto por la naturaleza islandesa.

Acerca de Miguel Reglero

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