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[Crítica] Tamara Drewe, de Posy Simmonds

[Crítica] Tamara Drewe, de Posy Simmonds

Tamara Drewe
Autor: Posy Simmonds
Editorial Sins Entido
22,5 x 26 cm.
cartoné 136 páginas
Color. 22 euros

Todo es muy bonito en Tamara Drewe. El dibujo de Posy Simmonds es suave; su paleta de colores, delicada; sus personajes, guapos; sus trabajos, glamurosos; su historia, amable. Uno se la puede imaginar perfectamente como una comedia romántica protagonizada por Hugh Grant, Julia Roberts y John Cusack al estilo de Cuatro Bodas y un Funeral. Demasiado bonito. Toda esa belleza gira en torno al personaje de Tamara Drewe y el terremoto que con su presencia sacude al resto de los habitantes de este comic nacido en las páginas del diario británico The Guardian y ahora publicado por Sins Entido en nuestro país. Una adaptación actualizada en forma y contenido de Lejos del Mundanal Ruido, novela de Thomas Hardy.

Tamara, detonante de la acción de esta obra coral, no sólo fascina a la pequeña comunidad en la que se introduce como un elefante en una cacharerría, sino también al propio lector. Se trata de una mujer joven, atractiva, que lleva las riendas de su vida, que hace con ella y con los que la rodean lo que le viene en gana. Ese es uno de los principales atractivos de la historia. Que la protagoniza, una mujer moderna, lejos de la típica segundona o de la compañera del protagonista. Una mujer que vive su vida sin tener que responder a nadie por ella y que sorprende muchas veces al lector por sus reacciones. Sin embargo todo resulta terriblemente conservador. Las relaciones amorosas son el motor de la historia, y la consecución de una pareja estable se ve como la solución a toda infelicidad. El objetivo supremo y único a través del cual se puede alcanzar la realización como persona. De este modo, lo que comienza como un fino estudio sobre la mentalidad de los hombres y los anhelos de las mujeres, con una gran caracterización de personajes, va derivando hacia la comedia de enredo folletinesca.

Formalmente, Simmonds se sirve de todo lo que encuentra a mano para conseguir su objetivo. Lo que quiere es, sin más, contarnos una historia y para ello se vale de cualquier método narrativo, desde el monólogo interior y los largos fragmentos escritos, hasta fórmulas diversas que profundizan en el origen literario de su obra disfrazadas de e-mails, artículos periodísticos, columnas, recortes y portadas de prensa. En cierto modo, sigue el precedente de mezcla de géneros que sentara Gil Kane con su Blackmark, pero en este caso se percibe más nítidamente que este comic está concebido para ser serializado en la página dominical de un periódico. En función de esa premisa todo encaja y funciona con plena brillantez.

El reverso de la trama principal reside en el grupo de adolescentes que la autora introduce como reflejo del lector. Al igual que este, ellos observan y son testigos de todo lo que sucede. Son el ancla en tierra con la que identificarse. El resto de personajes delata su origen en la novela victoriana y resultan demasiado elitistas. Estos chiquillos, pertenecientes a una clase mucho menos favorecida, contemplan atónitos los banales problemas de Tamara y sus amigos, y asisten en la distancia a las miserias de un mundo al que nunca pertenecerán, sin importarles realmente lo que les pasa y cómo lo van a resolver. Al final, los que de verdad dejan de importar son precisamente estos chicos. No importan en el muy presumible desenlace, no importan al resto de personajes, no importan a la autora y casi ni siquiera importan al lector, arrastrado sólo por saber si por fin el-chico-consigue-a-la-chica.

Porque esta es definitivamente la cuestión final. Si te importa lo que Posy Simmonds te ha contado. Por mucha dureza que se esconda debajo de la superficie dulzona de la historia y la forma en que está contada (en este melodrama hay varias tragedias, amigos), esa dureza sólo repercute en los que no son los protagonistas de la misma, sino en los figurantes. En la carne de cañón que rellena su mundo de ficción y nuestro mundo real. Los privilegiados actúan movidos por sus propios deseos sin reparar en las consecuencias de sus actos. Pero el lector, seducido por Tamara también quiere ver un final feliz, un fin sin preocuparse a través de qué medio llega. Vive en el espejismo de que la historia acaba como debe acabar. El lector quiere ver cómo los elegantes residentes en el mundo de Tamara Drewe consiguen finalmente el amor. Los pobres, los desclasados, los exiliados, siguen hundidos en su miseria, atascados cada vez más profundamente en la porquería. La sociedad de Tamara Drewe sigue lejos del mundanal ruido en todos los aspectos. Vive en un ambiente de celos y conspiraciones amorosas y culturales, y queda como un mundo de filigrana que se contempla en la lejanía como una reliquia. Todo es tan bonito que no es difícil imaginarle un puñetero final feliz idílico. Tan conservador como predecible.

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