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Crítica Titanic

La abrumadora trascendencia global que cosechó Titanic desde su estreno en cines hace 15 años supuso un punto de inflexión en la historia del cine popular estadounidense. Hoy día son pocas personas las que pueden reconocer con menor o mayor pesar que aún no ha visto la película de James Cameron. Y esa es precisamente una de las razones por las que su consideración entre los círculos cinéfilos parece haberse visto minusvalorada de forma notoria (a pesar del unánime respaldo que obtuvo en la Academia); al fin y al cabo, nadie con un mínimo de pasión por el cine y ciertas dosis de conocimiento está dispuesto a reconocer que se emocionó con la inmortal historia de amor de Jack y Rose en la misma medida que millones de espectadores en todo el mundo (ese sentimiento de exclusividad se evapora). Así pues, hagamos justicia, quitémonos nuestros trajes de críticos respetables y exigentes, y valoremos una película que, más allá de su éxito inigualable entre un público de todas las edades, cuenta con los ingredientes suficientes para ser un clásico inmortal.

Y es que el entramado argumental de la película es todo un ejemplo de clasicismo cinematográfico con ciertos tintes ‘pop’ (la cara de Leo estaba destinada a forrar las carpetas de millones de adolescentes) que actualizan muchos de los rasgos que comparte de forma inequívoca con las colosales producciones de la era dorada de Hollywood; un despliegue técnico considerable (en este caso las nuevas herramientas digitales supusieron un aliciente más), una realización elegante aunque sin grandes destellos de originalidad, un minucioso diseño de producción que abarcaba desde la recreación histórica del monumental transatlántico hasta el vestuario de sus pasajeros, una banda sonora emotiva popularizada hasta el hartazgo, y, sobre todo, una historia de amor que rompía con los esquemas preestablecidos de las clases sociales y confluía en un épico y dramático final entre el desastre propiciado por el hundimiento del Titanic, el barco más seguro de todos los tiempos.

Lo cierto es que la relación de encuentros y desencuentros de dos enamorados que desafían las convenciones de una sociedad aristocrática e injusta, ilustrada a la perfección por los diferentes niveles de privilegio en los que se dividía el barco, supone una reedición más de un relato romántico narrado hasta la saciedad a lo largo de la historia de la literatura y el cine; sin embargo, su poder de atracción entre el público continúa siendo tan abrumador como la inclinación del ser humano a fantasear con tórridas e imposibles aventuras amorosas que, en cierto modo, se escapan de su realidad cotidiana. Por ello, esos dos amantes que se enfrentan a los prejuicios de la clase acomodada e incluso a un pretendiente y una madre maliciosos se erigen ante el espectador como representaciones perfectas de un amor enaltecedor del romanticismo más tradicional. Y así seguimos los pasos de Jack y Rose, entre ebrios bailes irlandeses en las bodegas, distinguidas cenas en cubierta, sesiones de pintura al más puro estilo Goya, y tórridos escarceos sin más testigo que el vaho fruto de la pasión más desenfrenada.

Es decir, que Titanic basa buena parte de su éxito en una historia de amor que se filtró en los corazones de la mayoría de los espectadores. Si a ello unimos que, como telón de fondo, presenciamos uno de los acontecimientos históricos más traumáticos del pasado siglo en el que se conjugaban el drama por el importante número de víctimas y cierto morbo (aunque velado) por el hundimiento de un barco monumental (y lujoso) con toda una serie de ilustres personas en su interior (probablemente, si se hubiese tratado de un barco corriente con pasajeros corrientes la leyenda habría sido mucho menor); logramos la fórmula perfecta para una película que rompió todos los récords de notoriedad posibles. De hecho, cuando se cumplen 100 años de la tragedia, los homenajes y evocaciones se suceden a lo largo del mundo con la imagen siempre presente de la película de James Cameron, como si la ficción y la historia se confundieran a partir de una obra cinematográfica.

Apuesto que son muchos los que imaginan a Jack y Rose extendiendo sus brazos al viento con los compases de Celine Dion (y el pasteloso James Horner) de fondo como un hecho absolutamente verídico (por ello el señuelo de la mujer anciana que rememora la historia). Lo cierto es que en realidad son Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, dos actores que, curiosamente y a pesar del abrumador éxito de la película, han logrado labrarse una carrera profesional envidiable hasta alcanzar ser reconocidos unánimemente como dos de los grandes intérpretes de la actualidad. Y eso que todo apuntaba que DiCaprio no pasaría de ser el pasajero objeto de deseo de millones de chicas, más aún tras sus desastrosos años posteriores (tuvo que rescatarlo Spielberg en 2002 con Atrápame si Puedes); mientras que Winslet se vería sobrepasada (como en realidad fue) por una fama desmedida nunca deseada.
James Cameron, sin duda, es un visionario. Muchos pueden criticar su oportunismo (el reestreno de la película en 3D es una nueva muestra de ello), pero es preciso reconocer que nadie como él ha sabido congeniar con los gustos e inquietudes del público, ya sea a través de un robot semihumano del futuro, de criaturas azules de un universo paralelo o de la historia de dos amantes en un barco que naufraga. Titanic, pese a quien pese, es un clásico absoluto del cine que, a pesar de sus errores consustanciales y concesiones de dudoso gusto al espectáculo, se mantiene de forma inalterable en el imaginario colectivo no sólo de los aficionados al cine, sino de buena parte de la sociedad occidental.

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