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Crítica Los juegos del Hambre

Los fenómenos literarios y/o cinematográficos dirigidos a adolescentes y jóvenes en general son altamente impredecibles. Ya pueden triunfar las aventuras de un joven mago en su particular ‘high school’ barroco, las diatribas amorosas de una joven desvaída en torno a sus dos particulares amantes, o incluso la épica medieval de un mundo de fantasía oscura marcada por la ambición al trono. Probablemente los vínculos compartidos entre estas sagas de rotundo éxito mundial sean cuanto menos nimios, sin embargo han logrado filtrarse en el imaginario colectivo de millones de personas (y no solo jóvenes) con una facilidad digna de admirar.

Ahora nos llega una nueva entrega de esta suerte de catálogo de fenómenos literarios que son inexorablemente trasladados a la gran pantalla, bajo la apariencia híbrida de una atractiva conjunción de géneros. Los Juegos del Hambre, la primera novela de la trilogía creada por Suzanne Collins, se inscribe en un eje temporal futurista que elude las tradicionales ensoñaciones tecnológicas del género para componer una historia sobre la violencia y la capacidad narcotizante de la televisión protagonizada por unos sufridos adolescentes que son entregados como tributo por las diferentes secciones de un estado que eterniza su poder gracias a la administración medida de espectáculo, miedo y esperanza.

Ciertamente, la estrategia aplicada por los gobernantes de Panem no es ninguna novedad; la élite romana ya gozó de las bondades de circo como aglutinador de la indolencia de su pueblo ante las injusticias, una práctica que en la actualidad se ha acentuado con un extenso abanico de extensiones ‘inteligentes’ de nuestra inconsistencia que nos impide observar el auténtico bosque de la realidad. Lo original de la propuesta de Collins es que la televisión (y muchos ya pronosticaban el declive de este medio de comunicación) se erige como el instrumento de excepción para mostrar los autos de fe (la plaza pública de la Inquisición ya se quedó obsoleta) de dos docenas de adolescentes que se debaten entre una muerte segura y el resquicio de esperanza de un triunfo improbable.

La premisa de Los Juegos del Hambre es lo suficientemente sugerente como para atraer la atención de cualquier espectador ávido de cierta originalidad. Si a ello unimos que la adaptación cinematográfica está cosechando un éxito sin parangón en Estados Unidos convirtiéndose en la película del año sin duda alguna, los alicientes son dignos de consideración. Ahora bien, el gran inconveniente de un buen planteamiento argumental es que crea altas expectativas que pueden no ser satisfechas. Y ese es precisamente el caso de la película de Gary Ross; si bien cuenta con un sustento literario (el cual desconozco) que guia la trama y que asegura una legión de fieles lectores, es preciso ir más allá y adaptar el lenguaje de la novela a los códigos cinematográficos en un proceso a todas luces obviado en la confección de un filme un tanto desgarbado, sin ese ingenio y vivacidad exigible a un producto de masas de estas características.

Los Juegos del Hambre nos remite a un futuro casi apocalíptico (se llega a alardear del AVE) en el que el control del Capitolio se cierne sobre una población dividida en sectores con grandes desequilibrios y deficiencias de desarrollo crónicas. El primero problema es que la justificación provista del macabro certamen no es creíble o al menos suficiente para entender la pasividad de la ciudadanía, la cual permite que cada año un grupo de jóvenes se despedace en un espectáculo televisivo sin sentido. En segunda instancia, la recreación de este aterrador mundo del futuro es poco imaginativa a nivel estético, de hecho su barroquismo excéntrico es más propio de un baile de carnaval que de una posteridad sugestiva (la barba de Wes Bentley o el personaje en sí mismo de Stanley Tucci son dos claros ejemplos). Por último, la brutalidad moral inherente a los juegos se diluye en una maniquea división entre buenos y malos que facilita la digestión del espectáculo. Esto es estadounidense en estado puro; esbozamos a personajes ruines para que su asesinato esté plenamente justificado, e incluso los unimos en una alianza absurda para resaltar la bondad de unos cuantos (lo realmente sobrecogedor es un enfrentamiento entre iguales por la mera supervivencia).

A pesar de los errores descritos, la película consigue atrapar la atención del espectador a partir de un ritmo sostenido y amplificado en el último tramo que hace en cierto modo gozosa la experiencia cinematográfica. Por otro lado, cabe reseñar el talento corroborado de Jennifer Lawrence como representante de una nueva hornada de intérpretes femeninas con una larga carrera de éxito por delante, complementado por un elenco pintoresco (incluso con la intervención estelar de Lenny Kravitz) aunque eficaz.

Los Juegos del Hambre es ya el nuevo fenómeno de masas gracias a la interesante conjunción de sadismo desbordado al más puro estilo Battle Royale (la cinta japonesa que según muchos inspiro a la autora) y la parafernalia del espectáculo televisivo en la línea de un ‘Tú si que vales’ bizarro con Woody Harrelson en el rol de Risto Mejide. Y la saga continúa…

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