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Crítica This Must Be the Place

TÍTULO ORIGINAL This Must Be the Place (Questo deve essere il posto)
AÑO 2011
DURACIÓN 118 min.
PAÍS Italia
DIRECTOR Paolo Sorrentino
GUIÓN Paolo Sorrentino, Umberto Contarello
MÚSICA David Byrne, Will Oldham
FOTOGRAFÍA Luca Bigazzi
REPARTO Sean Penn, Eve Hewson, Frances McDormand, Judd Hirsch, Heinz Lieven, Kerry Condon, Olwen Fouere, Simon Delaney, Joyce Van Patten, Liron Levo, Harry Dean Stanton
PRODUCTORA Coproducción Italia-Francia-Irlanda; Indigo Film / Lucky Red / Medusa Film
PREMIOS 2011: Festival de Cannes: Sección oficial a concurso 2011: 14 Nominaciones David di Donatello, incluyendo mejor película, director y guión
GÉNERO Drama. Comedia. Road Movie
SINOPSIS Cheyenne es una antigua estrella de rock. Vive en Dublín de los derechos de autor y, a pesar de su edad, conserva una imagen gótica. Tras la muerte de su padre, con quien no mantenía relación alguna, se traslada a Nueva York y descubre que su progenitor vivía con una obsesión: vengarse de una humillación. Cheyenne decide cumplir ese deseo de venganza, pero, para ello tendrá que emprender un viaje a través de América. (FILMAFFINITY)

La sola idea de ver a Sean Penn interpretando a un rockero cincuentón con un pronunciado síndrome de Peter Pan y luciendo una estética que baila entre Robert Smith (vocalista de The Cure) y Alice Cooper, me atrajo desde un primer momento. Cheyenne, pues así se llama el personaje, es posiblemente uno de los papeles más estrambóticos de la carrera de Sean Penn y a un servidor le ha robado completamente el corazón. Es una pena que el resto de la película esté plagado de tantos altibajos y lleve constantemente una dirección tan errática, provocando esto un resultado final bastante deslucido.

El principal problema de Un lugar donde quedarse (odioso título que le han colgado en España a este homenaje a los Talking Heads) es que parece haber sido rodada sin guión. La película está plagada de grandes escenas pero estas discurren de una forma inconexa, conformando un puzzle final al que le faltan piezas y que deja una sensación de pretenciosidad bastante acusada. El comienzo de la historia, cuando se presenta a los personajes en su entorno habitual, me pareció muy impactante por la carga dramática que lleva implícito cada fotograma: Un rockero cincuentón con síndrome de Peter Pan que habita una enorme mansión tan solitaria como su vida, una paciente y complaciente esposa, que ejerce más de madre que de esposa (encarnada por una siempre genial Frances McDormand), una madre que llora frente a la ventana la pérdida de un hijo,… Son todos personajes llenos de matices que, en mi opinión, no son explotados tanto como yo hubiera deseado. Tras la presentación de todos, comienza la parte road-movie de la historia. Esta me recordó mucho, en líneas generales, a las Flores Rotas de Jim Jarmusch (si quieres ver a Bill Murray demostrando lo buen actor que es, no te la pierdas). El problema es que, a pesar de las similitudes, Jarmusch supo dar contenido y cohesión a las diferentes historias que conformaban Flores Rotas, mientras que Sorrentino construye muy buenas escenas, pero las deja diseminadas a lo largo de la trama principal, sin un aparente interés de que formen un todo. El tema del holocausto nazi es un mero pretexto para intentar generar una trama troncal, pero se toca de una manera tan sutil, que no llega a tener la entidad argumental suficiente como para ser medianamente creíble. Un McGuffin de libro. Y es una pena, porque como digo, hay escenas que a un servidor le encantaron, como la de McDormand y el Tai Chi, la que sucede en un restaurante de comida rápida o especialmente la que reúne en pantalla a David Byrne con un Sean Penn que desnuda y define completamente a su personaje sin necesidad de usar más de un minuto. Simplemente magistral.

Penn refleja a la perfección la soledad de un ser que se negó a crecer. Cheyenne es un ser atormentado por un suceso de su pasado, un suceso que lleva a cuestas y del que no se puede deshacer. En este punto me gustó mucho el que Cheyenne siempre deambule con algo a cuestas también físicamente (comienza con un carrito de la compra y sigue con una maleta) y no se deshará de esa carga física hasta que no se deshaga de su carga moral. La estética gótica le da un punto más de solitario payaso triste. La voz con la que Penn desliza las frases de Cheyenne (en versión original, mucho mejor) acentúa esa fragilidad que rodea a nuestro protagonista, una fragilidad que sólo se ve rota en la mentada escena con Byrne, donde cambia el tono vocal modificando fantásticamente la esencia del personaje. Un trabajo encomiable el de Penn. Junto a él, en la primera parte de la película, una Frances McDormand en el papel de abnegada esposa de Cheyenne. Es curioso, pero dada la naturaleza del músico, parece mentira que pueda tener una esposa, aunque quizás de ahí que su compañera, más que una esposa común, parezca más una protectora madre, algo que desarrolla con gran ternura McDormand. Creo que su papel es el contrapunto necesario al inicio de la película a la irrealidad que emana de Cheyenne. Cuando este inicia su viaje, tiene que valerse de sí solo y dejar atrás la protección de su esposa-madre, siendo esta la única forma de que algún día llegue a ser adulto. El resto de personajes de reparto están bastante desdibujados. Están definidos a grandes rasgos a pesar de la riqueza que se podría haber obtenido de todos ellos.

La banda sonora es otro de los platos fuertes de la película. El título original de la misma, This Must Be the Place, es el título de uno de los mayores éxitos de los Talking Heads. No es por ello casual que hacia la mitad de la historia, a modo de miniconcierto (aunque reconozco que queda un poco desconcertante ahí insertado) aparezca David Byrne (líder de los Talking Heads), interpretando una fabulosa versión del tema que da nombre a la película. Si no quieres perdértelo, aquí te lo dejo. El resto de la banda sonora es sencillamente genial, con algunas estupendas versiones de este tema que comento (genial la que ya apareciera en la banda sonora de Jarhead a cargo de Arcade Fire), pero todo a un ritmo muy pausado, algo que solo rompe, con estilo, el The Passenger de Iggy Pop.

Un lugar Donde Quedarse es una historia que no gustará a todos los públicos (de hecho yo he tenido que revisarla para cogerla el gusto). Su ritmo pausado y su aparente falta de cohesión podrían desconcertar al más pintado. La interpretación de Penn es realmente buena, aunque si a los 15 minutos de película no lo encuentras así, abandona, pues esas pausas, esas risas nerviosas y esa voz susurrante, te acompañarán el resto de la película. Estamos ante una historia que yo recomendaría a quien disfrutara de las Flores Rotas de Jarmusch, a los seguidores de Sean Penn y a todos aquellos que quieran dejarse llevar por una historia que, sin llegar a ser buena, está plagada de excelentes momentos y sensaciones.

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