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[Crítica] Somewhere

A tenor de su breve aunque próspera carrera como realizadora, Sofia Coppola ha demostrado poseer una cierta habilidad para retratar la soledad del ser humano en sus cuantiosas variables. Si en su sugerente ópera prima, Las Vírgenes Suicidas, abordaba la atmósfera opresiva de una familia puritana de los 70 y la tragedia desencadenada por el aislamiento al que eran sometidas las cinco hermosas hermanas; en Lost in Translation, esa auténcia joya contemporánea, unía los destinos de dos viajeros náufragos en Tokio acosados por sendas crisis existenciales de diferente signo, una sobrevenida por la madurez y la gloria marchita, y otra por la incertidumbre de una vida aún por cimentar. Incluso en esa singular ópera rock decimonónica llamada María Antonieta, la hija del mítico director ahondaba en el desamparo de una joven reina que añoraba su lejano hogar.

En su cuarto largometraje, Coppola reincide en esta temática a partir de la vacua existencia de un actor de cine de éxito internacional con una evidente incapacidad para sentir algo más que el tedio rutinario al que le aboca una vida impersonal, carente de verdaderas emociones. Y es que ni siquiera su hija pre-adolescente, entregada por una velada admiración hacia su padre ausente, puede despojarlo del sopor vital en el que se encuentra inmerso y que le impide ejercer de padre ante la imperiosa necesidad de protección de la chica, a su vez abandonada por una madre egoísta. Es como si su espíritu hubiese huido tiempo atrás de su cuerpo, el cual sigue funcionando sin entusiasmo, ya sea bebiendo en soledad, conduciendo un coche de lujo a toda velocidad por circuitos desiertos, o contemplando con desgana a chicas desnudándose para él.

La cámara de Coppola se filtra en la monotonía enervante de Johnny Marco como un objeto inerte más en el escenario vacio de su indolente existencia, compuesta por una uniforme habitación de hotel y eventuales actos promocionales donde es agasajado con el fervor del que él mismo adolece. No hay nada más, tan sólo un ambiente asfixiante de aburrimiento, de planos interminables y miradas hacia el infinito.

La fidelidad de Somewhere a su propio propósito de retratar una vida vacía y rutinaria es tal que la película llega a producir las mismas sensaciones que la mera contemplación de su personaje principal. Ese cierto lirismo estático característico de la obra de la directora se erige aquí como un aliciente más para una narración soporífera que deja quizás demasiada responsabilidad al espectador a la hora de contextualizar y dar valor a la historia mostrada en pantalla. Un insólito hiperrealismo en el que sólo puede hallarse un ápice de emoción a través del empeño consciente en el proceso de interpretación, una tarea un tanto cansina y poco recomendable para aquellos que carezcan de un mínimo de paciencia o interés.

Aún así, el jurado del pasado Festival de Venecia, encabezado por Quentin Tarantino, pudo apreciar la poesía oculta de la cinta y le concedió un León de Oro discutible al que podría buscarse una justificación peregrina relacionada con la producción de Medusa Films, división cinematográfica del imperio mediático del primer ministro italiano Silvio Berlusconi.

Más allá de vinculaciones políticas, es un hecho incontestable que Sofia Coppola posee un talento evidente para filmar historias pequeñas con una gran sensibilidad, como ya lo demostrara con la antes citada Lost in Translation. Es una lástima, no obstante, que en Somewhere su énfasis en la contemplación impida ver más allá en la vida de un actor eficazmente interpretado por el decadente Stephen Dorff y la relación con su hija, a la que da vida una talentosa Elle Fanning.

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