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[Crítica] Cuento de Navidad

Unas navidades sin Dickens…no son unas navidades. De poco importa que hayan transcurrido siglos desde que el genial escritor británico de obras tan imperecederas como Oliver Twist, Historia de Dos Ciudades o Un Cuento de Navidad dejase de existir en toda su corporeidad física, pues a partir de esa oscura y tan humana imaginación que guió su labor literaria, continúa visitándonos, como un espíritu a veces burlón, a veces tierno, o a veces implacable, siempre que halla el momento idóneo para hacernos reflexionar sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que llegaremos a ser.

Y es que cuando se acercan estas fechas tan señaladas, una vaga sensación de desasosiego se apodera de nuestro ánimo y nos impulsa a someternos a un introspectivo examen cuyo único objetivo es legitimar nuestros actos, así como suscitar el anhelo de llevarlos a cabo de un modo diferente. Obviamente, no somos perfectos, y la Navidad nos impele a acercarnos, aunque sea de forma aproximada y entusiasta, a esta máxima que rige (o debería regir) nuestras vidas, como un contagioso espíritu de bondad y fraternidad hibernado a lo largo del año y desatado ahora por un ambiente icónico, el navideño, arraigado vigorosamente en la cultura popular. Sin embargo, muchos precisan de una ayuda más poderosa que el destello de las luces o la ilusión de los regalos.

El señor Scrooge, un avaro y malévolo anciano que regenta un viejo negocio usado como parapeto ante el mundo, odia las Navidades, repudia las muestras de cariño que el resto se prodiga en esas fechas, desdeña ese convencional espíritu que nos incita a reunirnos con nuestros seres queridos al calor de la lumbre en tiempo de vacaciones. Y lo manifiesta con feroz convicción. O al menos así lo hace hasta que recibe la fantasmal visita de tres espíritus, el de las navidades pasadas, la presentes y las futuras, quienes muestran al viejo cascarrabias la pobre imagen que proyecta a su alrededor y las terribles consecuencias que su desdeñoso comportamiento traerá a su vida de forma inminente.

Robert Zemeckis, un maestro absoluto del género de cine familiar (Regreso al Futuro, Quién engañó a Roger Rabbit) retomó recientemente esta inmortal historia de Dickens, aunque de un modo radicalmente actualizado. Si ya en 2004 Zemeckis deslumbró a muchos con otra película de incontestable espíritu navideño como Polar Express, para la que utilizó una nueva técnica digital de captura de movimiento (y a la que se prestó amablemente Tom Hanks), y en 2007 sentara las bases del 3D con la épica Beowulf; ahora el director de Forrest Gump o Náufrago no ha dudado en ahondar en su transgresora afición por los nuevos formatos cinematográficos digitales con un apasionante viaje por el barroquismo del Londres de Dickens.
Para ello, se vale de la poderosa figura (digital, se entiende) de Jim Carrey como el anciano señor Scrooge, todo un portento creativo que muestra las infinitas posibilidades de las nuevas técnicas, al que acompañan una fascinante terna de actores reconocidos aunque previamente filtrados por el todopoderoso ordenador; Gary Oldman, Colin Firth, Bob Hoskins o Robin Wright Penn, entre otros. En el registro visual, la película de Zemeckis alcanza cotas de belleza inauditas hasta ahora en el cine, combinando a la perfección el fuerte contraste de luces de los interiores del siglo XIX con la imaginería estética desbordante del sueño vívido de Scrooge. Aunque en ocasiones todo parece descontrolarse, la película mantiene el pulso cadencioso de la inmortal historia, ejercita un manifiesto gusto por los ambientes oscuros y aboga por el surrealismo latente de la trama, algo que sin duda puede suscitar cierto distanciamiento con el público más infantil.

Y es que en el apartado narrativo, Zemeckis saca a relucir su catálogo de experto realizador, jalonando la acción con detalles exquisitos de gran valor cinematográfico. Como ese maravilloso arranque en el que Scrooge identifica al recién fallecido Marley, su socio en la tienda, y muestra, a modo de introducción, el carácter avaro del protagonista, arrebatando las monedas que deberían dar paso a su amigo por las aguas de Caronte; momento tras el cual, con un mero plano fijo y una cartel resquebrajándose, nos traslada a diez años más tarde. La estructura claramente definida del original literario es, por otro lado, respetada con gran fidelidad aquí, por lo que la originalidad de este nuevo Cuento de Navidad reside principalmente en la cuidada puesta en escena y el efectivo uso de las nuevas técnicas visuales.

Zemeckis recupera, así pues, el espíritu más rendidamente navideño con esta nueva adaptación cinematográfica de la novela de Dickens, a la que incorpora el 3D y la captura de movimiento como principales atractivos para una historia conocida por todos. El señor Scrooge, como cada año, nos recuerda la importancia de fortalecer ese espíritu de fraternidad y bondad con todos los que nos rodean en estas fechas tan señaladas… O los malos espíritus acudirán a nuestros sueños…

Autor: Jesús Benabat

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