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[Critica] Mary Poppins

Con un poco de azúcar todo adquiere un sabor más delicioso. Y la señora Mary Poppins bien lo sabía. Cómo si no ganarse el afecto de tantos niños a los que encandilaba con dulces canciones a pesar de su ya de por sí complejo cargo como institutriz. Acostumbrados a rígidas mujeres maduras de impecable formación pero tan frías como el hielo en su trato cotidiano, la misteriosa llegada de Mary cuando todo parecía perdido ante la intransigencia del severo padre de familia, dispuesto a imponer mano dura a sus díscolos hijos, cambió radicalmente el panorama de la acomodada casa victoriana de la calle londinense del Cerezo de principios de siglo gracias a una mágica combinación de disciplina y cariño aderezada por bonitas canciones, trepidantes aventuras y un mundo fascinante desplegado ante los embelesados ojos de unos niños con una evidente carencia de ternura.

Quizás parte de esta asombrosa historia se debía a la mágica palabra más larga jamás inventada y que ha pasado a la historia del cine como sello de identidad de una película por la que asombrosamente no pasa el tiempo. El Supercalifragilísticoexpialidoso, más que un divertido trabalenguas, es la expresión más encantadora de una fábula sobre la felicidad, la alegría de vivir, el valor del afecto y las emociones o el cariño a veces obviado en el seno de la familia. Y es que Mary Poppins no vino desde los cielos para reformar a unos niños rebeldes a los que meter en cintura, sino para enseñar a unos progenitores demasiado ocupados con sus respectivos quehaceres la necesidad de dedicar tiempo a sus hijos y todo ese amor que no pueden hallar en personas contratadas para tal fin. Ni el puesto de trabajo mejor considerado en el banco más prestigioso de Londres puede asemejarse al mero placer de pasar una soleada tarde de invierno volando una cometa junto a dos hijos anhelantes de atención. De ello se percata el señor Banks (un sensacional David Tomlinson) justo en ese preciso momento en el que todo se auguraba oscuro (e iba a ser despedido) y, como un relámpago de lucidez, se cruzó en su mente la palabra mágica que daba sentido a su existencia como padre.
Describir las bondades de Mary Poppins, tanto de la película como la del fantástico personaje, puede llegar a ser una tarea ingente pues cada instante de la trama es un absoluto espectáculo de ingenio y gracia; desde la aparición estelar de la niñera en el dormitorio un tanto desordenado de los chicos (quién no ha soñado alguna vez con adecentar su cuarto con tan sólo un chasquido de dedos y una canción pegadiza); hasta ese placentero periplo por un mundo animado donde todo era posible; pasando por los interludios emotivos en los que Julie Andrews desplegaba todo su talento lírico. Y es que Mary Poppins puede considerarse como la cima absoluta e irremplazable del cine familiar al conjugar magistralmente una historia tierna y divertida con personajes inolvidables (mención aparte precisa el camaleónico Dick Van Dyke), originalidad a raudales a partir del uso pionero de la animación con la imagen real (fórmula que años más tarde volvería a utilizar su director Robert Stevenson en la también sensacional La Bruja Novata), una recreación maravillosa del Londres victoriano y hermosas canciones que permanecen inalteradas en nuestro imaginario colectivo popular.

Si todo a ello unimos que su reposición periódica en televisión se ha convertido ya en una grata costumbre especialmente bien recibida en la temporada navideña, la película adquiere naturaleza de mito viviente de la historia del cine. De hecho, pocos podrían apuntar que su fecha de estreno data de 1964, fundamentalmente porque la película no ha perdido un ápice de actualidad (incluso ha inspirado uno de los mejores capítulos de Los Simpsons) y los recursos narrativos y visuales utilizados, aunque en cierto modo anacrónicos, continúan fascinando a pequeños y mayores.
Qué mejor forma, pues, para celebrar el día de Reyes (uno de los momentos álgidos del año para todos) que con una edulcorada píldora de felicidad, bondad y fantasía de la mano de un personaje tan cálido y dulce como Mary Poppins.

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